—No, no lo hagas, porque el sonido de ese conjuro me hace padecer horriblemente; pero ya que me obligas, voy á vengarme de tí: mira.

Sintió Almedí un sonido semejante al de una tienda de tela sútil y crugiente que se desplegase sobre su cabeza.

Y en efecto, una tienda se habia desplegado.

Tienda tegida de hilos sútiles y resplandecientes de mil colores como los rayos del sol que pasan por la lluvia: compartidos estos colores en labores caladas, en sútiles mallas que dejaban ver una luz resplandeciente, pero de una manera dulcísima, grata sobre todos los alhagos á los sentidos. Sostenian la tienda columnas en que no se veian mas que los resplandores de las piedras preciosas de que estaban cuajadas, y que giraban incesantemente, pareciendo un raudal purísimo que subia del pavimento.

Y aquel pavimento era un relumbrante alicatado (mosáico) de diamantes, de rubíes, de carbunclos, de esmeraldas, de topacios, de amatistas, de perlas negras y de perlas blancas, de cuantas preciosidades encerró Dios en las entrañas de la tierra y en las profundidades de los mares.

Y en medio del pavimento habia una fuente labrada de un solo diamante, y de la fuente surgía un agua clarísima y tan olorosa, tan rica de ambrosía como los manantiales del paraiso donde apagará su sed el justo toda una eternidad con sola una vez que beba una sola gota.

Y mas allá de la fuente, tendida en un lecho cándido y resplandeciente como la luna, habia una muger, mas hermosa que todas las hermosuras de la tierra, mas resplandeciente que la tienda en que se encontraba, y casta y pura como el pensamiento de un niño que murmura las primeras palabras con que su madre procura encaminar su espíritu á Dios.

Y tenia los cabellos, las cejas y las pestañas tan negros, que junto á ellos hubieran parecido blancas las alas de un cuervo de Egipto.

Y eran sus megillas como los arreboles del sol de la mañana.

Y era su carne tan blanca, que junto á ella hubiera parecido negra la nieve de las cumbres donde no se posa planta humana.