Apenas habia penetrado en el lóbrego dintel, cuando apareció á sus ojos iluminado por un resplandor rojizo, un ancho lago de sangre, en medio del cual habia un palacio rojo tambien, y reluciente.
—¡Oh! esto es horrible, dijo Ervigio.
—Para ser rey es necesario atravesar ese lago.
Una barca negra, á la que nadie guiaba, salió por las puertas del alcázar rojo, que se abrieron, y adelantó hasta tocar á la orilla donde se encontraban Ervigio y el enano.
Entrambos saltaron dentro.
Apenas habia tocado Ervigio la negra barca con sus plantas, cuando ésta se hundió entre un remolino del lago, desapareciendo entre sus rojas ondas.
Y se oyó la voz del enano que rugia en medio del estruendo atronador del remolino.
—La virgen maldita ha encontrado á su maldito esposo, y su generacion es mia.
Y aquellas palabras retronaron, se estendieron, vibraron y fueron repetidas por mil ecos pavorosos.