Y ahora, dijo Satanás dirijiéndose á Almedí, quiero que sepas quien era la muger que habia atraido así con sus encantamientos al ambicioso Ervigio.

Era una doncella que aun no habia cumplido los quince años, hermosa á maravilla, pero con una hermosura terrible.

El color de su tez era dorado, sus cabellos dorados tambien, sus ojos leonados con las pupilas negras, flexible el cuerpo como el de una pantera, y esbelta, gentil, y voluptuosa á maravilla.

Era una muger como no habia dos sobre la tierra.

Parecia una mezcla de fiera y de criatura humana.

Y á pesar del color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, era tal la brillantez, la suavidad y la trasparencia de su piel, tan sedosos, tan ricos, tan rizados sus cabellos, tan grandes, poderosos y lucientes sus ojos, tan preciadas las joyas que la engalanaban, y tan ricas y tan bellas tas túnicas que vestia, que no hubiera habido un hombre que la hubiese visto que no hubiera desfallecido de amor.

Era judía, y se llamaba Asenéth.

Su madre se habia llamado Zelpha, y habia sido una jóven hermosísima.

Pero con una hermosura semejante á la de las demás mugeres, y enteramente distinta de la de su hija.

Zelpha habia tenido un hermano judío tambien, y que se habia llamado Jamné.