Jamné habia sido mercader de sedas, y de púrpura y de paños preciados.

Habia sido un miserable, vendido á mí, y cuando hubo cometido cuantos crímenes son imaginables, el robo, la calumnia, la usura, la hechicería, y el envenenamiento, quiso cometer el último y mas horrible de los crímenes: el incesto.

Zelpha, la hermosísima Zelpha, era sin embargo sábia: su madre, famosa hechicera, la habia enseñado la astrología judiciaria, y el arte de los ensalmos y de los encantamientos, y á confeccionar filtros y hechizos, y á evocar los muertos, y á hacer comparecer los vivos, y á leer en sus pensamientos.

Zelpha, que era mas sábia que su hermano, adivinó sus intentos, y antes de que éste la hechizara para reducida á su voluntad, determinó hechizarle á él.

Para ello, una noche se arrancó tres de sus hermosos cabellos negros, los ató cabalísticamente, los quemó á la luz de su lámpara y me llamó.

Era una doncella hermosa y de quien yo esperaba mucho, y me presenté á ella en la forma de un hermoso mancebo.

—Sé, me dijo, que mi hermano quiere hacerme suya. Yo le aborrezco. Verme entre sus brazos sería para mí un tormento horrible.

—¿Y por qué aborreces á tu hermano?

—Es miserable y receloso, dijo; me tiene vestida de lana parda, me da de comer pan de avena y me tiene encerrada donde ni aun la luz del sol veo.

—¿Y qué quieres?