Zelpha cerró la tienda, porque necesitaba ataviarse deslumbrantemente para parecer mas hermosa á su adorado Wamba.
Entrelazó sus cabellos de diamantes y de perlas de los que habia amontonado su hermano, se vistió con las mejores túnicas de lino de seda y de brocado, que tenia para venderlas á precios exhorbitantes en la tienda, en todo lo cual invirtió mucho tiempo, comió de una manera suculenta á pesar de su impaciencia para que el ayuno no la robase sus bellos colores, y allá á la tarde, dejando encerrado y hambriento á su hermano, que rugia de hambre y de rabia, se envolvió en un largo velo que la cubria de pies á cabeza, y en paso lento se encaminó á las huertas del rey y se puso á vagar por entre las alamedas á las orillas del rio.
Vió bajar con impaciencia el sol al occidente y ponerse al fin.
Si Zelpha hubiese conservado para con Wamba su poder de hechicera, le hubiera evocado.
Pero Zelpha amaba, y el amor domina y no permite otra hechicería.
A punto que el sol se ocultaba, apareció por una avenida de la alameda un caballero ricamente vestido.
Zelpha le reconoció á pesar de la distancia, su corazon se agitó, y se sentó para esperar á su amado Wamba en una piedra al lado de la corriente.
Wamba llegó hasta ella.
—¿Serás tú acaso á quien yo busco?
—¿Y á quién buscais, señor? contestó temblorosa Zelpha.