El hombre y la muger atravesaron las calles de la ciudad, subieron á lo alto, y el hombre se detuvo junto al muro de un frondoso huerto, y llamó á un postigo.
Un esclavo abrió, y el hombre y la muger entraron.
Siguieron adelante, y penetraron en una noble cámara estensa y hermosa.
Pero los adornos de aquella cámara eran banderas africanas, y los muebles severos, y las paredes desnudas de tapicerías.
Una lámpara de hierro la iluminaba.
Cuando estuvieron dentro, la muger se desenvolvió de su velo y el hombre de su clámide.
Eran Wamba y Zelpha.
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Zelpha, durante muchos dias, permaneció al lado de Wamba.