Su tienda estaba cerrada, y los rugidos del leon hambriento asustaban á los vecinos y á los que pasaban por la calle.

Zelpha, sin embargo, no parecia.

XII.

Pero llegó un momento en que Zelpha tuvo celos.

Celos, no ciertamente de una muger, sino celos de la guerra.

Wamba la habia dicho:

—Voy á partir á Africa.

—Llévame contigo, habia contestado Zelpha.

—Aquella tierra abrasa, tus megillas se quemarán bajo aquel sol ardiente, y luego... esponerte á los peligros... no, no: el guerrero, solo debe llevar al combate su lanza y su escudo.

Wamba era muy firme; Zelpha no tenia sobre él mas poder que el de su hermosura, y se acercaba el dia de la partida.