Solo un hombre podia entrar en él, el hombre para quien habia nacido destinada Asenéth.
Hadas condenadas la sirvieron como esclavas, y mecieron su cuna durante su infancia. Génios invisibles y malditos, llenaban para ella los aires en armonía, y de encantos los sueños.
Para ella, el alcázar encantado no era rojo.
Tenia por do quiera, frescos y brillantes apartamentos en que corrian sobre fuentes cristalinas, aguas olorosas, hasta cuyas cúpulas subia el fragante humo de los perfumes; aquellos apartamentos, salian á deliciosos jardines donde habia cuantos árboles, cuantas flores, cuantas plantas crió Dios, para arrojarlas sobre el mundo, cada cual en su lugar y su estacion. Curvos y trasparentes lagos, relumbraban acá y allá en medio de los jardines, bajo un sol siempre eterno, siempre brillante, siempre de rayos tibios, en un firmamento siempre azul, por el cual solo pasaban nubecillas rosadas, nunca la densa y negra niebla de la tormenta.
Ella, que era espíritu de tinieblas, solo conocia al dia.
Ella, que era el producto y el castigo á un tiempo de un horrible pecado, no conocia los pesares.
La felicidad moraba en su alma, y amaba desde los primeros años, con toda su alma, con toda su voluntad á un ser que veia niño como ella, cuando era niño, mancebo cuando fué muger, á quien veia, digo, por todas partes, en las nubecillas rosadas del cielo, en el fondo de los lagos, entre las flores de los jardines, á la sombra de las enramadas, en los ángulos de sus retretes, entre el humo blanco y aromático de los pebeteros, y sobre los surtidores de las fuentes.
Asenéth oia su voz que le decia; yo te amo, en el murmurio de las aguas, en el vuelo de las brisas, en los cantares lejanos y perdidos que las hadas malditas entonaban para adormirla.
Y cuando se dormia, le veia en sus sueños; pero en sus sueños, como en su vigilia, jamás tocaba á aquel mancebo, ni se obstinaba por llegar á él: bastábale con ver su hermosura, con amarle, con sentirse amada de él. Asenéth, que habia heredado toda la ciencia que su madre habia perdido, que era por lo tanto mas sábia que su padre Jamné, sabia que al cumplir los quince años se decidiria su destino, que perteneceria á su padre si vencia al hombre de su amor cuando entrase en el palacio encantado, ó que perteneceria al hombre de su amor, si este le vencia.
Jamné, menos sábio que su hija, no conocia sus pensamientos.