La acompañaba continuamente como un perro, y se echaba á sus pies, y aunque la desesperacion y la terrible fiebre de que adolecia la fiera, en la cual se habia trasformado su hermana, le aquejasen, no rugia por no despertar ó incomodar á su hija con sus rugidos.
Para Jamné, el palacio encantado no era ni claro, ni fresco, ni oloroso.
Por el contrario, era horriblemente rojo, lleno de un aire cálido que abrasaba su pecho, y respiraba por todas partes el nauseabundo olor de sangre fresca que irritaba sus ardientes fauces.
XIV.
Llegó, no la primavera del año, porque en el alcázar encantado todo el tiempo era una perpétua primavera para Asenéth, y un abrasador estío para Jamné, sino la primavera de la vida de Asenéth.
Faltaba únicamente un dia para que la doncella maldita cumpliese los quince años.
Aquella noche, cuando Jamné dormia á los pies del diván de su hija, Asenéth fijó en él una mirada sombría.
—Mañana, dijo, el diablo, mi esclavo, se pondrá á pescar en el rio, y si pasa por allí el amado de mi alma, le traerá á mis brazos.
Y si para entonces, tú eres leon, despedazarás á mi amado.
Pero si eres perro, mi amado le despedazará á tí y yo quedaré libre de mi encanto.