Su cabeza era de jóven, su pecho y sus brazos de hombre, su vientre hinchado y sus pies vacilantes.

Andaba en paso lento, pero no cesaba de andar.

Asenéth, siguió tras él, porque el génio no se detenia.

A medida que adelantaba, su paso se hacia mas rápido; marchaba por un camino rodeado de jardines.

—Poderoso génio, le dijo Asenéth: ¿sabes para que te he llamado?

—Sí. Tú temes a tu padre, tienes poder para trasformarle, para debilitarle y entregarle al furor de tu amante.

—Y dime: ¿mi amante le matará?

—No, dijo el génio, porque tú padre no ha cumplido aun su destino.

—Y dime, ¿cuál es el destino de mi padre?

—El de llevar al último límite la maldicion de su raza. Tu serás la ramera de tu padre.