Se estremeció Asenéth.
—¿Y no puedo evitarlo?
—Sí, si tienes valor para ello.
—¿Y qué he de hacer?
—Cuando mañana llegue á tí Ervigio...
—¿Se llama Ervigio, el amado de mi alma?
—Sí, y por tí morirá, ó por tí será rey.
—¡Será rey! dijo con altivez Asenéth, y yo seré reina.
—Tú serás la ramera de tu padre, si Ervigio no muere delante de tí despedazado por él.
—¿Y si yo eso hiciere?...