—Tú, has nacido destinada en tu pureza á Ervigio, tú le amas desde antes de nacer; tú por él has enloquecido; consentir en su muerte seria lo mismo que matar tu alma: Dios aceptaria tu sacrificio, te perdonaria por él, y perdonaria á tu familia. Tú habrias sido la víctima espiatoria.

—¡Matando á Ervigio!

—Sacrificándote en él.

—No, dijo con una inmensa valentía Asenéth.

—Tú y los tuyos caereis en el fuego eterno.

—No importa.

—¿Entonces para qué me has llamado?

—Para preguntarte cuantos son los dias de mi padre.

—Mas que los tuyos.

—¡Ah! ¿y cómo podré yo hacer para que los dias de ese maldito terminen mañana?