—Lo que está escrito, se cumplirá.

—Desaparece de mi vista, génio maldito.

El génio de la vida desapareció con estruendo en las entrañas de la tierra.

Asenéth se sentó pensativa bajo un árbol de sus jardines.

Brillaba una luna plácida y tranquila.

Y apenas se sentó, oyó cantar un ruiseñor.

Asenéth comprendia el lenguaje de las aves, y oyó que el ruiseñor decia:

—¿Qué haces tú ahí, hermana golondrina, desvelada en un nido ageno?

—Estoy muy cansada y no he podido llegar al alcázar de Toledo; me he parado en este ciprés, y sin embargo no he podido dormirme.

—¿Te ha sucedido algo que te aflija, hermana?