—Sí; esta mañana con el alba salí de Africa; allí quema ya el sol, y los manantiales están secos, rugen los leones sedientos y los vencejos caen sofocados de calor.
Yo habia dejado mi nido en el alcázar de Toledo, y dije á mi esposo:
—Amado mio, yo me voy á España, sígueme.
—Tengo que arreglar aquí unos negocios con nuestro rey, se acerca la grande partida, pero vete tu sola si el calor te sofoca, ya sabes el camino, arregla nuestra casa para cuando lleguemos.
Me despedí de él, y llegué á España cuando ya el sol quemaba.
Estaba muy cansada.
Volaba entonces sobre la hermosa tierra del Iliberis.
Mis alas estaban doloridas.
Abatí el vuelo sobre un frondoso bosque y me escondí con delicia en un sicomoro.
¡Ay hermano ruiseñor! estaba escrito que yo no reposase.