Apenas habia plegado mis alas y esponjado mis plumas, cuando he aquí que de una negra sima que se veia á poca distancia desde el sicomoro, salió un culebron enorme.

Yo me aterré y me dí por perdida, y no pude moverme.

Creí morir.

Pero el culebron, no reparó en mí.

Empezó á silvar, y yo entendia sus silvidos.

El culebron decia:

—Hermano lagarto, el de las escamas blancas, verdes y azules, ven.

Ven, hermano lagarto, el de las escamas azules, verdes y blancas.

Y se oyó ruido entre la yerba, y un lagarto enorme se asomó al borde de la sima y se puso á mirar á la culebra agitando la cola.

—¿Qué sucede, hermana mia? dijo el lagarto.