Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero Albaicin á la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:
—¿Porqué velará á estas horas mi padre?
Pasó el dia: un diáfano y radiante dia de primavera.
Llegó la noche.
Una noche serena, lánguida, tranquila, sin luna, pero dulce y misteriosamente alumbrada por los luceros.
El príncipe salió de las ruinas del templo, bajó á la márgen del rio y se encaminó á la casita blanca del remanso.
A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como él, le esperaba Bekralbayda.
Pero esperó una hora y nada interrumpió el silencio y la soledad de aquellos lugares.
Pasó aun mas tiempo y nadie vino á llevar al príncipe junto á su amor.
Encaminóse á la oscura gruta y penetró en ella, pero en vano procuró dar con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que le habia llevado al palacio de la dama blanca.