—Aquí hay una ancha sepultura, dijo Jamné señalando á la sima.

—¡Ah! es verdad. El diablo nos esperaba, dijo sonriendo de una manera horrible Zelpha, y ha abierto la sepultura de nuestro padre.

—Ayúdame á arrojarle en ella, hermana.

—¿Y no temes que algun dia nos llame á esta sepultura la voz de nuestro padre? dijo Zelpha:

—Dios es Satanás, dijo impíamente Jamné, ¿te acuerdas, hermano lagarto?

—Vaya si me acuerdo, y me acuerdo tambien de que al escuchar aquella blasfemia me estremecí: los hombres son impíos, porque son soberbios, y una poca de ciencia les hace revelarse contra Dios: los dos hermanos malditos eran sábios, conocian la ciencia del mal, y como el dios del mal era quien les inspiraba, creian que no habia mas Dios que Satanás: Satanás, á quien el asesinato, el parricidio y la impureza son agradables. ¡Vaya si me acuerdo! Luego, los dos hermanos asieron el cadáver de su padre, el uno por los pies, y el otro por la cabeza, le mecieron un momento y le arrojaron en medio de la sima.

—Y luego, añadió la culebra, los dos miserables se acercaron al asno: ¿te acuerdas de lo que sucedió?

—Sucedió que el asno al acercarse el parricida, se volvió y le dió una coz en la frente y no le hizo daño, pero marcó sobre su frente maldita una mancha roja é indeleble.

—Así fué, así fué, hermano lagarto. Luego Jamné castigó al asno, montó en él á su hermana Zelpha, tiró del jumento y desaparecieron entre los árboles.

—Yo me quedé horrorizado, dijo el lagarto.