—Tú y yo, dijo la culebra, cuando desaparecieron los dos infames, nos despedimos escandalizados y llenos de horror por lo que habiamos visto, tú te metiste en tu grieta y yo me bajé abajo á lo profundo, donde tú no has querido nunca bajar.
—Está aquello muy lóbrego y muy oscuro; y aunque tú me has dicho que en pasando de lo oscuro hay maravillas, he tenido miedo: en una ocasion quise bajar, y al llegar á cierto punto me volví asustado: se oia un ruido atronador, sordo, espantable.
—Es el alma de Abraham, el padre de Jamné y de Zelpha, que se revuelve rugiente y maldice de contínuo á sus hijos y á las generaciones de sus hijos.
—Y tiene razon, dijo el lagarto.
—Pero él se tuvo la culpa de lo que le sucedió: bien claro se lo dijeron los astrólogos.
—¿Y qué le dijeron los astrólogos? preguntó el lagarto.
—Oye la historia de Abraham.
El lagarto se acomodó en la yerba para oir mejor, y yo apliqué mi oido con cuanta atencion pude; mi curiosidad crecia.
—Hace veinte años, un médico judío que ya pasaba de los treinta, entró montado en un asno por una de las puertas de Damasco.
Aquel médico era Abraham.