Conocia las virtudes de las yerbas, y sabia hacer filtros; pero nunca habia hecho venenos ni invocado á Satanás: era demasiado caritativo para que pudiese hacer lo uno, y harto temeroso de Dios para que pudiese hacer lo otro. Siendo muy niño habia perdido á sus padres, y entrado á servir para que lo sustentase á un famoso médico árabe. Le acompañaba á las montañas y á los valles á buscar yerbas salutíferas, y luego á ver á los enfermos: en doce años que estuvo al lado del médico se hizo tan sábio como él, y conoció todas las yerbas que él conocia, y aprendió á curar todas las enfermedades que él curaba. Con el ejemplo del sábio árabe, que era muy religioso, se hizo creyente, temeroso de Dios, y caritativo y buen hombre.

El médico árabe le queria como á un hijo.

Y sin embargo, el mismo dia en que Abraham cumplia sus treinta años, y siendo ya muy viejo el médico árabe, éste le dijo:

—Ya eres hombre crecido, sabes todo lo que yo sé y no es bien que continúes en la servidumbre: te compraré un asno, una bolsa y yerbas medicinales, y te irás por el mundo á probar fortuna.

—Pero yo no quiero separarme de tí, que eres mi padre, dijo Abraham: quédante pocos años de vida y quiero estar á tu lado para cerrarte los ojos.

—Tú no puedes permanecer en mi casa, dijo el médico, porque si permaneces vendrá sobre tí y sobre mí una gran desgracia.

—¿Pero qué desgracia puede sucedernos, siendo como lo somos, piadosos y guardadores de los preceptos de Dios?

—No puedes permanecer en mi casa, dijo el anciano.

—Si tú me arrojares de ella, me iré, pero permaneceré en la ciudad esperando que pase tu enojo y que me llames á tí.

—Yo no estoy enojado contigo, pero te aconsejo y te mando que salgas de mi casa. Dios lo quiere.