—¿Y no me dirás el secreto de tu resolucion?
—No debo decírtelo. Vé, hijo mio, vé, que donde quiera que fueses, irá contigo mi bendicion.
Era tal y tan firme la resolucion del anciano médico, que Abraham se vió obligado á obedecer: tomó la bolsa y algunas ropas que le dió el viejo, montó en el asno y se alejó llorando y desolado; pero no salió de Alejandría, en cuya ciudad moraban, sino que se fué á vivir á un barrio fuera de los muros, y se dió á conocer como médico, y empezó á curar y adquirir fama, hasta el punto de que se hizo en muy pocos dias el médico mas famoso de la ciudad.
—¿Quién te ha contado esa historia, hermana culebra? dijo con acento de incredulidad el lagarto.
—Me la ha contado el alma del mismo Abraham, hermano lagarto, dijo ofendida la culebra; y si tú no hubieses sido cobarde y hubieras bajado al último suelo de la sima, al palacio encantado y maravilloso donde pena Abraham por desobediente á Dios, el alma de Abraham te hubiera contado tambien esta historia.
—No te ofendas, amiga culebra, dijo el lagarto; pero es tan maravilloso lo que me cuentas...
—Pues aun quedan mas maravillas.
—¿Y dime, por qué amando de tal modo á Abraham el viejo médico árabe le echó de su casa?
—Por que el viejo tenia una hija hermosísima.
—¡Ah! ¿y se habia enamorado de ella Abraham?