—No, porque Abraham no la conocia. El médico tenia escondida á su hija como un tesoro.
Porque Abraham era avaro y fundaba en su hija grandes esperanzas.
Leila-Fatimah[92] era una doncella de diez y seis años.
Parecia que Dios se habia complacido en ella.
Si algun hombre la hubiera visto hubiera desfallecido de amor como á la vista de una hurí.
Su frente era un arca de pureza, sus ojos dos lumbreras de amor, sus cabellos redes de almas, y su cuello, y su seno, y su talle, atractivo de corazones.
Al verla en sus primeros años tan hermosa, el avaro médico dijo:
—Mi esposa me ha dado una perla: pues bien, embellezcamos esta perla; rodeémosla de atractivos, pulámosla y hagámosla tan hermosa que sea inapreciable.
Y la enseñó todo lo que sabia, que no era poco, y quiso que aprendiese lo que él no sabia, que era mucho.
Buscó á una maga y la pagó espléndidamente para que enseñase á Leila-Fatimah la ciencia de los astros y de lo infinito; pero del infinito que viene de Dios, no de lo infinito del mal, que viene del diablo.