—Te basta para eso con tu hermosura y con tus ojos, sultana, dijo el génio: ¡qué hermosa eres, señora mia! ¡qué hermosa! yo te amo.
—¡Ah! ¡ah! ¡ah! dijo riendo la jóven, ¿y cómo harias tú para satisfacer tu amor?
El génio saltó de la mano al redondo y blanquísimo hombro de Leila, y la mordió en su incomparable cuello.
Leila dió un grito agudo, se puso de repente pálida como si no la hubiese quedado una sola gota de sangre en las venas, pero aquella palidez aumentó su hermosura.
Leila se sintió desfallecer.
Un ardiente fuego, el fuego de un volcán, llenaba sus venas, y la consumia.
Su vida se habia multiplicado.
El resplandor de su hermosura se habia hecho irresistible.
—Vuelve á mi mano, maldito, esclamó Leila.
—¡Oh! ¡qué hermosa, qué hermosa eres, sultana mia! esclamó el génio volviendo de nuevo á la mano de la jóven. Tú no sabias el peligro que corrias conmigo, ¿no es verdad? dijo el génio. Pero ya no tiene remedio; tú tendrás siempre una sed inestinguible de amor, sufrirás eternamente el infierno de tu pecado, y amarás como no ha amado otra muger sobre la tierra.