—Quiero que al despertar mañana, el califa vea mi resplandeciente palacio; que lo vean desde la ciudad, y que vean esclavos en sus pórticos, y que dentro haya bailarinas que me alegren, y doncellas que me sirvan, y músicos que me recreen.

—Mira, dijo el génio; ¿vés allá entre las quebraduras de una distante sierra una lucecita?

—Sí.

—¿Sabes dónde arde esa lucecita?

—No.

—Voy á mostrártelo.

—Leila, se encontró en una cabaña miserable; en ella un anciano y un jóven lloraban desconsoladamente junto á una muger jóven y hermosa, pero enferma y enflaquecida, que moria.

—¿Y á qué me has traido aquí? dijo Leila.

—Escucha, esas pobres gentes son labradores.

—¿Y qué me importa?