—Escucha, los años anteriores han sido malos, no solo no han podido esos infelices pagar su tributo al califa, sino que se han privado de lo mas necesario; hace quince dias que los encargados de cobrar las contribuciones del califa, fueron á esa choza, y á pesar de las lágrimas de esa familia, se llevaron los dos jumentillos con que araban sus tierras, su cabra, sus semillas y hasta su lecho; esa familia hace quince dias que está hambrienta; el padre y el hijo se han sustentado con yerbas y raices, pero la pobre Haraxa, no ha podido resistir y muere entre los brazos de su padre y de su esposo. Invocan á Dios, ¿no los oyes? tú tienes poder; díme: levanta del suelo á esa muger, y la levanto; dales pan y medios de vivir y de ser felices, y se lo doy; ¿no ves lo que pende del pecho de esa desgraciada? un niño que procura amamantarse del pecho exhausto y no puede.
—¿Y que tengo yo que ver con eso? dijo con dureza Leila; yo me abraso de amor. Llévame á mi alcázar.
—Héte en él, pero no tienes caridad: Dios, que hizo ese talisman de que soy esclavo, le construyó para la santa Madre de su Enviado, ¡oh, y cuán diferente uso hacia en su poder aquella alma noble!
—Calla.
—Un momento, señora mia: lo que tú no has querido hacer con una pobre familia lo ha hecho Dios; los habia castigado porque la prosperidad los habia hecho un tanto soberbios, los habia reducido á esa cabaña, á esa desdicha. Pero han invocado con fé á Dios, eran buenos, y Dios los ha enviado un ángel en figura de peregrino.
Con el ángel, ha entrado la Providencia de Dios en la cabaña.
Han tenido alimento, y el ángel les ha dejado al partir un saco lleno de oro.
—Has que venga naturalmente atraido á mi, mi adorado Abraham, dijo Leila.
—Tú no tienes caridad. Hélo aquí que viene.
—Vete, dijo Leila.