El génio saltó de la mano al suelo, y desapareció como habia aparecido, desvaneciéndose en humo.
XVIII.
—¿Sabes hermana culebra, que tu cuento me está maravillando? dijo el lagarto. ¿Crees tú que eso pueda haber sucedido?
—Eso y mucho mas puede hacer Dios, que es Todopoderoso, hermano lagarto.
—Sí, sí, pero esa muger endemoniada....
—Dios la castigaba con sus mismas pasiones. Cuando el alma de Abraham, que está allá abajo penando donde tú no te has atrevido á bajar, me contaba esto, la desdichada alma se estremecia.
—Sigue, hermana culebra, sigue; tengo impaciencia por saber el fin del cuento.
—Pues escucha, hermano lagarto, y aprende y escarmienta.
—Yo, añadió la golondrina, hermano ruiseñor, escuchaba sin dormirme aunque estaba muy cansada.
—Como te escucho yo, amiga golondrina, dijo el ruiseñor, y como te escucha esa maldita Asenéth, que como Leila-Fatimah, quiere matar á su padre por gozar sus amores.