—¡Oh! esclamó Asenéth, pájaros habladores, seguid, seguid vuestro cuento de los amores de la maga con el judío Abraham, mi abuelo.
La golondrina, calló un momento como quien recuerda, y luego continuó:
XIX.
La culebra siguió diciendo á su amigo el lagarto:
—Entre tanto, el buen Abraham, que habia dejado de llorar de repente, y se habia sentido inflamar por un fuego dulce y desconocido, olvidó enteramente á su protector, y saliendo del cementerio montó en su asno, y se volvió hácia un lugar donde le llamaba una fuerza misteriosa que le atraia, le atraia, sin que fuese poderoso á contrarestarla y sin saber á dónde.
Y el asno andaba con la velocidad del Borac[93], y la tierra se quedaba rápidamente atrás, y parecia un rio que huia.
Y antes del amanecer, Abraham se encontró no lejos de una populosa ciudad y á la puerta de un jardin deleitoso.
En medio del estensísimo jardin, habia un palacio resplandeciente que arrojaba sobre el jardin y sobre los montes una luz diáfana, mas diáfana que la de la aurora.
El asno se detuvo en la puerta del jardin, levantó la cabeza, abrió sus narices al viento y rebuznó.
En el momento se abrió la puerta del jardin, y aparecieron muchos esclavos negros.