—¿Eres tú, dijeron, el sábio médico á quien nuestra señora espera?

—¿Y quién es vuestra señora? Yo al ver la hermosura de estos sitios y los resplandores de aquel palacio, habia creido que Dios el Misericordioso, me mostraba su jardin de Hiram.

—Estos no son los jardines de Hiram, sino los de nuestra señora, que está enferma y te espera.

—¿Es acaso la sultana de este imperio vuestra señora?

—Nuestra señora es la poderosa maga Leila-Fatimah.

Al oir la palabra maga, Abraham invocó á Dios, y le invocó tan de corazon, que fueron inútiles para con él en aquel momento los hechizos de Leila-Fatimah.

Revolvió su asno, y escapó á cuanto correr pudo el asno por la campiña.

El cuadrúpedo tomó por una senda, y al fin de ella se paró delante de un humilde edificio.

—Loado sea Dios, que me trae á su santa casa, dijo Abraham.

En efecto, el asno se habia detenido en una pequeña mezquita, donde hacia penitencia un hombre de Dios, un santo morabitho.