—Pues ya se acerca.
—Vete, pues.
Poco despues, un esclavo eunuco tocaba con una varita de oro á la puerta del retrete de la jóven.
Levantóse ésta del diván, abrió la puerta, y al verla tan resplandeciente y tan hermosa, el califa su prosternó.
—¡Levántate, Walid, emir de los creyentes, dijo Leila; y no te prosternes ante tu esclava!
Y alzó al sultan.
Luego cerró la puerta y se quedó sola con él.
Walid, que aun era mancebo, desfallecia de amor.
Leila le hizo sentarse en el diván, y se sentó junto á él.
—Clara y dichosa ha sido el alba en que has aparecido junto á Damasco, cabeza de mi imperio, sultana de las huríes, dijo el califa. ¿Por qué has venido á alegrar esta tierra con tu hermosura?