—Venia á buscarte, señor.

—¡A buscarme! ¿será acaso que Dios se ha propuesto premiarme por mi fé y por mis victorias contra los infieles, y me envia un pedazo de su paraiso, y con él un arcángel del sétimo cielo?

—Dios me envia á salvarte, señor.

—¿A salvarme dándome tu amor?

Mi amor no puede ser de los hombres de la tierra.

Walid se prosternó.

—¡Oh! poderoso génio, esclamó: ¿por qué te han visto mis ojos, si no ha de ser mia tu hermosura?

—No pienses en el amor, cuando Dios me envia á salvar tu imperio.

—¿A salvar mi imperio?

—Si los hijos de Abbas despliegan en silencio la sangrienta bandera contra los hijos de Omeya: ¡ay de tí, y ay de los tuyos, si yo por mandado de Dios no te revelase la traicion que se acerca á ti en silencio!