—¡Oh! yo serviré de tal modo á Dios, que Dios me recompensará dándome tu amor.
—Sí, yo te amo... dijo lánguidamente Leila.
—¡Ah! ¡sol ardiente de mi alma! esclamó Walid.
—Pero no te daré mi amor hasta que hayas esterminado á los traidores y á los impíos.
—¡Oh! pues los esterminaré.
Y el califa y Leila siguieron hablando familiarmente hasta la caida de la tarde.
Walid cada vez mas enamorado: Leila cada vez mas traidora con él.
Pero á pesar de su amor, Walid se sentia dominado, sujeto por un poder invencible.
Y era que protegia la pureza de Leila el cíngulo mágico que rodeaba su cintura.
El califa salió del alcázar de Leila al empezar la noche, afirmándola que haria pedazos á los traidores y que volveria al dia siguiente.