Y Jamné, ciego, cojo, viejo, enfermo, vagaba gruñendo dolorosamente al rededor de la habitacion donde su hija, olvidándose de todo, deliraba entre los brazos de Ervigio.
Y Ervigio permaneció siete dias en el alcázar encantado, y siempre que salia del misterioso retrete de amor de Asenéth, encontraba á Jamné, y le daba con el pie, esclamando:
—Horrible y asqueroso animal, ¿qué haces en el paraiso de las delicias?
Y Asenéth no reparaba en que su padre habia sido maltratado, y seguia bebiendo con sus ojos enamorados, la mirada de amor de Ervigio.
La noche del sétimo dia, él y ella se sentaron en el mismo lugar donde ella habia oido la conversacion del ruiseñor y de la golondrina.
Ervigio estaba profundamente pensativo.
—¿Por qué estas triste, alegría de mi alma? dijo Asenéth: ¿no tienes aquí cuanto puede desear una criatura? ¿ó es que mi hermosura no es ya bastante para alegrarte ni mi amor para satisfacerte, señor de mi alma?
—¡Ah! no, no, dijo Ervigio: pero yo quiero ser rey.
—¡Rey! ¿y de los godos acaso?
—Sí.