Y el perro y Jask seguian corriendo.

De improviso se escuchó un bramido tan aterrador y tan fuerte como el de una tempestad desencadenada, y se vió venir hácia el perro y hácia Jask al jigante.

Y resonaban las piezas de su armadura, retemblando y retumbando á la redonda con un estridor atronante y pavoroso, y parecia que la tierra temblaba bajo los pies del monstruo, que adelantaba con su terrible maza en alto.

El perro se paró, se replegó sobre sí mismo amenazador y rugiente, y Jask detuvo su caballo, y requirió su lanza para arrojarla al jigante, antes de que éste pudiese tocarle.

Llegó al fin el momento, faltaba poco espacio para que llegase á los dos hermanos el jigante, cuando Jask se aseguró en los estribos, y poniendo su corazon en Dios, esclamó arrojando su lanza contra el monstruo:

—¡Señor! ¡señor! ¡tú solo eres el Fuerte y el Invencible!

Y despues de haber arrojado su lanza con toda la fuerza de su brazo de leon contra el gigante, cerró los ojos y esperó la muerte.

Pero en aquel punto oyóse un estruendo horrible; tembló la llanura y gimieron los distantes ecos.

Jask abrió los ojos, y vió al jigante tendido delante de él; su lanza estaba clavada en el ojo izquierdo del monstruo.