Súpose que el jigante guardador de la hermosísima Aidamarah habia sido vencido por un estrangero, y el rey Almunassar corrió á ver á aquel á quien los hados habian consentido llegar á tanta ventura.

Maravilló al rey el estraño color de los ojos y de los cabellos, y de la piel de Jask; pero no se estrañó de encontrar á Aidamarah enamorada locamente de él, porque Jask era muy hermoso.

Y hubo fiestas, y zambras, y regocijos, y luminarias en la córte de Almunassar.

Y se celebraron con régia pompa y aparato las bodas de Jask y de Aidamarah, y á ellas asistió tristemente echado á los pies de su hermano el perro-leon.

Y cuando pasaron las fiestas, y la zambra, y la luna de las delicias, el rey Almunassar llamó á su yerno y se encerró con él y le dijo:

—Mi reino, hijo mio, es un reino desconocido, puesto en los linderos del desierto, donde no llegan los de otras tierras. Yo no sé de donde tú vienes, ni quiénes son los tuyos, ni te lo pregunto, porque eres hermoso y valiente; has librado á mi hija y la harás venturosa; pero para que esa ventura sea completa, es necesario que mi reino, que está gobernado en justicia, tenga paz: unos vecinos bárbaros y feroces nos la turban; enemigos que no hemos podido vencer, que vienen todos los años y nos roban y desaparecen despues en el desierto. ¿Te atreverias tú, hijo mio, á ir contra esas gentes?

Jask aseguró al rey Almunassar que iria contra aquellos bárbaros y los venceria.

—Innumerables son como las arenas del desierto y jigantescos como las rocas. Si ellos no nos destruyen completamente, es para que podamos criar nuestras hijas y enseñarlas el canto y la danza; pero cuando nuestras hijas están crecidas, vienen y nos las arrebatan.

—Yo venceré á esos descreidos, señor, dijo Jask, los venceré, y tu reino quedará libre y tranquilo.

—Necesario será construir torres con ruedas, dentro de las cuales vayan nuestros soldados, dijo el rey; de otro modo, los jigantes del desierto nos despedazarian á la primera embestida.