—Iré yo solo, señor, dijo Jask, y con la ayuda de Dios los venceré.
—¡Tú solo!
—¿No vencí al terrible jigante que guardaba á mi esposa?
—¡Dios es misericordioso y vencedor! dijo el rey Almunassar.
Y se despidió triste de Jask, porque su hija le amaba, y Jask acometia una empresa en la que debia morir.
Los jigantes del desierto eran innumerables.
XXXIV.
Al dia siguiente muy temprano, y mientras su esposa dormia, Jask se levantó silenciosamente, besó á Aidamarah en la boca sin despertarla, se vistió la armadura, y sobre ella una túnica de oro; bajó á las caballerizas, enjaezó su caballo, montó en él, y precedido de su hermano el perro, salió antes de que fuese de dia y sin que nadie le viese, de la ciudad por un postigo del muro.
Cuando se vió en el campo y lejos de la ciudad á punto que alboreaba, se detuvo ante una fuente, descabalgó, hizo su ablucion, y dirijió á Dios desde el fondo de su alma la oracion de azobhí (del alba).
Luego se volvió al perro y le dijo: