Jask caminaba solo: su hermano el perro y su valiente caballo, habian desaparecido.
Cerca se veia una magnífica ciudad.
Al fijar en ella sus ojos Jask, las puertas de la ciudad se abrieron.
Por ella salió una comitiva numerosa.
Venian delante ginetes armados con arneses resplandecientes, guiados por un estandarte dorado: tras los ginetes, se oia una música tan armoniosa que regalaba los sentidos.
Aquellos ginetes avanzaron rápidamente.
Al llegar junto á Jask, su caudillo echó pie á tierra, y se arrodilló á los pies de Jask.
—Tú eres nuestro rey, le dijo mostrándole una corona que traia un magnate en una bandeja de oro sobre un paño de púrpura.
—Yo soy un viajero, contestó Jask; dejadme pasar: yo voy allá lejos, muy lejos.
—Si eres nuestro rey, nada se opondrá á tu voluntad: esclavos tuyos seremos, y esclavos tuyos serán los pueblos cerca y lejos, porque nosotros somos invencibles.