—Yo no soy soberbio, dijo Jask Al-Bahul; ¿para qué quiero esclavizar á nadie? Dejadme pasar.
—Si fueres nuestro rey, serás el mas temido de los hombres, dijo el que estaba arrodillado á sus pies.
—Yo no quiero que me teman mis vasallos, sino que me amen, esclamó Jask; dejadme pasar.
—Si fueres nuestro rey, serás como Dios, porque nuestra corona es mágica.
—Yo adoro al Dios Altísimo y Unico, repuso el jóven. Dejadme hacer mi camino, dejadme pasar.
Entonces desapareció todo lo que se habia presentado ante los ojos de Jask, y se encontró marchando por el mismo camino.
Las tentaciones de la soberbia nada habian podido con él.
Siguiendo el camino, se encontró en un bosque de sauces.
El ambiente era fresco y balsámico, mullido y espeso el césped sobre que marchaba, y salpicado de bellas florecillas; una armonía sensual parecia salir de entre las enramadas; una ambrosía suavísima halagaba los sentidos.
Al revolver de una senda, Jask se encontró de repente en un espacio redondo, en medio del cual habia un pequeño lago.