Jask tuvo algun tiempo escondida á su hija y á su nodriza en la cabaña de un valle.
El mismo cuidaba de la nodriza; la llevaba el alimento y las ropas, y cuanto habia menester.
Encubierto siempre; siempre desconocido para la nodriza.
Y entre tanto hacia correr á los suyos por todas las tierras comarcanas en busca de su hija.
Y todas las tardes cuando el sol se ponia, Aidamarah rodeaba sus brazos á su cuello y le decia con las lágrimas en los ojos y el seno palpitante, pálida y consternada:
—¿Han encontrado tus esploradores á nuestra hija?
Y Jask respondia tambien con las lágrimas en los ojos.
—Dios no lo quiere.
Aidamarah iba á sentarse en el suelo en un ángulo con el rostro vuelto á la pared, y allí permanecia inmóvil.
Jask se limpiaba los ojos con el estremo de la toca, y salía.