En una eminencia del valle, se ven aun los restos, ó mas bien los cimientos cubiertos de musgo de un antiguo edificio, siglos hace arruinado.
En aquellos tiempos, sobre estos cimientos, se levantaban cuatro torres unidas por cuatro muros de muralla, y en medio de estas cuatro torres una torre mayor.
Esta torre no tenia en su parte superior mas que una cámara, y una galería que daba salida á las escaleras de la torre, y entrada á la cámara.
Esta cámara estaba dividida en dos por una pared, que no pasaba de la mitad de la altura del espacio general.
En cada uno de estos compartimientos habia un agimez, pero abiertos en tan espesos muros, que desde adentro solo se veian á lo lejos las distantes montañas, y el lejano mar, cuyos horizontes se perdian en la niebla de Africa.
Cada uno de estos agimeces tenian, por la parte de adentro, una fuerte verja que se abria y se cerraba.
Búcaros con flores llenaban el espacio del muro, desde la verja á la parte esterior.
Estos dos compartimientos, si eran alegres, se debia á los agimecillos trasparentes de la cúpula estrellada, á las labores doradas de las paredes, á sus esmaltes de colores, á los surtidores que emanaban de las fuentes de mármol, á los brillantes espejos de plata con marcos de oro, que se veian entre las columnas que sostenian la cúpula.
Estos dos compartimientos tenian dentro de sí cuanto puede apetecer una muger en su retrete. El baño, el divan, los pebeteros, las esencias mas preciadas, las tapicerías mas ricas.
Estos dos compartimientos eran exactamente iguales.