—Consulta á un varon que encontrarás allá arriba, en la hendidura de aquella pared, y él te dirá lo que necesitas hacer para alcanzar el cuerpo de mi sombra.
Y la hermosa sombra negra desapareció como un vapor.
Kaibar habia quedado con el alma envenenada.
El sol ardia en lo mas alto del cielo.
Las palmeras y los nopales, inclinaban sus cabezas mustias bajo su rayo abrasador.
Kaibar empezó á trepar por la pendiente.
XLII.
Cuando llegó á la entrada de la grieta, encontró dentro á un ermitaño.
Era viejísimo, encorvado, con una larga barba blanca, calzados los pies con unas sandalias de piel de camello, vestido el cuerpo con un sayo de lana y ceñidos los lomos con una cuerda.
Sobre sus rodillas tenia abierto un libro negro.