Aquel libro estaba escrito con caractéres rojos.
Cuando entró el jóven, el ermitaño clavó en él sus pequeños ojos grises y relucientes.
Kaibar retrocedió.
Aquel hombre le ponia espanto.
—Si eres cobarde, dijo el ermitaño con voz profunda y cavernosa, ¿por qué vienes á mí?
—¿Quién eres? dijo Kaibar.
—Yo soy Eblís[95], el viejo.
—Yo soy.
—Y bien, dijo Kaibar; ¿me puedes tú dar los amores de la doncella negra?