Aquel libro estaba escrito con caractéres rojos.

Cuando entró el jóven, el ermitaño clavó en él sus pequeños ojos grises y relucientes.

Kaibar retrocedió.

Aquel hombre le ponia espanto.

—Si eres cobarde, dijo el ermitaño con voz profunda y cavernosa, ¿por qué vienes á mí?

—¿Quién eres? dijo Kaibar.

—Yo soy Eblís[95], el viejo.

—¡Tú! ¡tú Satanás!

—Yo soy.

—Y bien, dijo Kaibar; ¿me puedes tú dar los amores de la doncella negra?