Un pensamiento de muerte pasó por el corazon de Kaibar.
—Pues bien, dijo, yo quiero ver á mi hermana Zairah, quiero ser amado por ella.
—La verás, la arrebatarás de su prision, pero yo no sé si te amará.
—¡Oh! ¡véala yo! ¡sea mia!
—Para ello necesitas mi ayuda.
—¿Y no me la darás?
—Sí, pero dame tú tu alma.
—¡Mi alma! ¿pues quién eres tú?
—Yo soy Eblís.
—¿Y puedes tú darme lo que deseo?