Un sueño vago y misterioso de amor habia enlanguidecido su alma.
Ansiaba, y no sabia lo que ansiaba.
Tenia sed, y no sabia en qué fuente podia templarla.
Su corazon ardia, y Jacub buscaba en vano la causa de aquel fuego.
De improviso, allá á lo lejos, como viniendo del otro lado de los mares, resonó una voz dulcísima y oyó aquel romance de amores que decia:
Libres los vientos—zumbando vagan;
libres navegan—las nubes blancas,
del firmamento—la azul campaña;
libres batiendo—las leves alas,
las golondrinas—besan las aguas,
del ancho lago—que riza el aura;
libres las ondas—la curva playa,
amantes orlan—de espumas cándidas;
las mariposas—engalanadas
ora revuelan,—ora se paran,
entre las flores—de mi ventana,
y yo entretanto—me miro esclava,
me cercan muros,—puertas me guardan,
y en mis megillas—el sol vé lágrimas,
cuando aparece—por la mañana,
y aun vé mis ojos—que el llanto empaña
cuando á los mares—cansado baja.
Y el eco lánguido y cadencioso, repetia débilmente aquel cantar que parecia habian traido á los oidos de Jacub hadas invisibles.
Jacub habia sido educado en Cairvan, sin conocer su orígen, por un anciano kadí.
Cuando despues de haber permanecido largo tiempo en las almenas de la torre, despues de que se hubo perdido en el silencio el lejano y voluptuoso eco de la cancion, bajó á la cámara, encontró prosternado y orando al anciano kadí.
—¿Qué tribulacion nos amenaza, mi buen Abu-Kair? dijo el jóven príncipe dirijiéndose al anciano.