—Ya lo sabia yo; y además habia conocido á Satanás, porque aunque habia tomado tu figura, no habia podido replegar de tal modo á sus espaldas sus negras alas que yo no las viese.
—¡Ah! ¿y qué te decia?
—Yo amo á una muger, no la conozco; pero la siento en mi alma; debe ser muy hermosa, porque mis ojos la buscan ansiosos como el ciego busca la luz; muy jóven, porque mi alma al sentirla se refresca; muy pura, porque el fuego en que enciende mi alma es dulce y tibio como el sol del primer dia de la primavera.
—¡Ah! pues yo amo así; yo siento así, dijo el príncipe. ¿Y qué mas te decia el condenado?
—Esa doncella debe ser princesa, porque al presentirla, mi alma se enorgullece; hija de un poderoso debe ser.
—Sí, sí, así lo siento yo. Pero continúa relatándome lo que decia el negro espíritu bajo mi figura.
—Me decia: yo no sé quien soy y quiero saberlo, hánme criado sin decirme el nombre de mi padre, pero debe ser poderoso y noble, y debe amarme mucho, porque yo tengo hermosos caballos de Arabia, y armas de oro, y túnicas preciadas, y joyas, y tesoros. ¿Quién es mi padre?
—¿Y qué contestaste tú al diablo?
—Yo le dije, no te lo puedo decir. Entonces el diablo sacó una gran bolsa y me la mostró.
—¿Era cómo esta? dijo el príncipe sacando una bolsa, y mostrándola al kadí; cuyos ojos brillaron.