—Yo no puedo decírtelo, señor, contestó el falso kadí, esto es: el diablo que para perder al jóven, habia tomado la figura del kadí: pero puedo decirte donde hay un sábio, que te revelará lo que deseas.
—¿Y dónde mora ese sábio?
—En la selva cercana á Kairvan.
—Pero yo no puedo salir de este castillo.
—Yo te sacaré de él: sígueme; pero es necesario que te dejes vendar los ojos.
Y el diablo vendó los ojos al príncipe, le asió de la mano, y le guió.
Estuvieron andando durante mucho tiempo; primero subiendo y bajando escaleras, despues atravesando subterráneos, al cabo marchando por el campo.
Despues de algunas horas de marcha, el diablo se detuvo, quitó de los ojos la venda al príncipe, y este se encontró en una inmensa caverna, á cuyo fondo se despeñaba un torrente que salia por la entrada de la caverna y se perdia en la selva.
A la márgen izquierda del torrente, sobre unas peñas, debajo de la bóveda natural de la caverna y como escondida en un negro seno, habia una choza formada por troncos de árboles y ramas secas.
Dentro ardia una luz rojiza.