El príncipe montó, el caballo se encabritó feroz, pero el príncipe le contuvo, y le hizo piafar dócil á su mano.
—¿Y qué he de hacer ahora para llegar á la amada de mi alma?
—Ese caballo te llevará veloz como el pensamiento.
—¡Pero mi amada está encerrada tras fuertes murallas!
—Mientras lleves puesta esta armadura negra, no solo te defenderá ella de todos los peligros, de todos los golpes, de todas las asechanzas, sino que podrás entrar en donde quieras y salir cuando lo deseares. La persona que lleves asida de la mano, podrá entrar y salir del mismo modo, y asimismo las personas que vayan asidas á la que vaya asida á tí.
—¿De modo que podrá penetrar hasta Zairah?
—En este momento sueña Zairah contigo, y te llama.
—Pues bien, caballo mio; llévame hasta el castillo donde mora mi amada.
Apenas habia pronunciado el príncipe estas palabras, cuando el caballo partió como una flecha, salió de la caverna, atravesó la selva, atravesó la sierra, llegó al mar, le pasó, puso los cascos en las playas de Andalucía, trepó por las verdes vertientes de las Alpujarras, y poco despues quedaba inmóvil delante de la puerta de un fuerte castillo.
Aquel castillo era el en que estaba cautiva desde su infancia Zairah.