XLIV.
Velaba Zairah.
Una vision de amores la habia despertado de su sueño.
Veia ante sí un caballero blanco, pálido, hermoso, que la miraba intensamente, acariciándola con la dulce mirada de sus resplandecientes ojos negros.
—¡Oh tú, vision de mi deseo, dijo Zairah, ó semejanza de un hombre! ¡oh tú, á quien mi corazon ama! ¡sino existes desaparece, pero si vives, si me escuchas, si me amas como yo te amo, ven!
Ven, porque me siento morir.
Mi cautiverio me es ya insoportable.
Mi soledad horrorosa.
Ven, amado de mi alma.
Dá vida á mi corazon y libertad á mi tristeza, y consuelo á mi desesperacion.