Y los jóvenes no la oyeron, porque habian nacido para amarse y estaban trasportados de amor el uno en los brazos del otro.
Y tras la infernal carcajada, sonó una voz tan pavorosa como ella.
Y aquella voz esclamó:
«Lo que está escrito se cumple: la descendencia de Abraham vuelve á ser maldita.»
Y zumbó el huracan al rededor de los muros.
Y penetrando en un pujante remolino por los ajimeces, apagó la lámpara que alumbraba el retrete de Zairah.
XLVI.
Empezó á amanecer.
Una blanca faja de luz orló el horizonte.
Aquella luz débil fué creciendo, creciendo, y al fin iluminó los objetos de la cámara de Zairah.