Zairah dormia en el divan.

En sus entreabiertos labios vagaba una sonrisa de deleite.

Y Jacub la contemplaba con espanto.

Porque Zairah, de blanca que era como el alba, se habia tornado negra como la noche.

Y sin embargo, su hermosura habia crecido hasta el punto de ser irresistible.

Del mismo modo que habia cambiado el color de su tez, habia cambiado el color de sus ropas.

Su túnica, de blanca que era se habia vuelto roja.

El collar de azabache que antes enaltecia la blancura de su garganta, se habia convertido en una gargantilla de perlas, cuya lasciva blancura contrastaba con el luciente negro de su cuello y de su seno.

Y Jacub la contemplaba con espanto y con adoracion á un tiempo.

Y como si la mirada fija y candente de Jacub hubiera tenido una fuerza sobrenatural, Zairah abrió los ojos.