¡Oh! ¡y qué mirada la de los ojos de Zairah!

Brillaban como astros de amor, enamoraban como las mas dulces palabras, como las mas regaladas armonías, como los perfumes mas suaves.

Jacub se sintió morir.

Y Zairah, al ver la luz del dia esclamó:

—¡Huyamos, amado mio! ¡huyamos! si es que puedes sacarme por donde tu has entrado; ¡huyamos! porque si te encuentran aquí, te matarán.

Huyamos y vivamos siempre juntos.

No quiero volver á estar sola.

Si tu me dejases, aquí moriria; y moriria desesperada.

Y tú no querrás que tu Zairah muera.

—¡Oh! ¡no!