—Pues bien; monta á caballo para llegar mas pronto á la grande aljama; toma esa bandera, ponte sobre ella, y ella te llevará á donde deseas; pero si cuando llegares vieres á tu hija convertida de blanca en negra, habrás llegado tarde; tu hija habrá sido la manceba de su hermano.

Bajó á las caballerizas, seguido del perro su hermano, puso un freno á su caballo de batalla, y sin entretenerse á encubertarle, ni aun á ensillarle, por no perder tiempo, montó en él en pelo y se dirijió á la carrera á la grande aljama; tomó la bandera, la estendió, y él, su hermano y su caballo se pusieron sobre ella.

Inmediatamente la bandera se levantó en los aires y condujo instantáneamente á Jask al castillo de las Alpujarras, á punto que salian por la poterna Zairah y Jacub asidos de las manos.

XLIX.

Jask se precipitó hácia ellos.

—¿A dónde vais, desdichados? esclamó.

—¿Quién eres tú? esclamó Jacub con fiereza.

—¡Yo!... ¿quién soy yo? esclamó Jask sin atreverse á contestar á aquella pregunta.

—¿Querrás tú impedir acaso que yo lleve conmigo á mi esposa?

—Zairah no puede ser tu esposa.